sábado, 30 de agosto de 2014
martes, 12 de agosto de 2014
Discurso del Presidente Lázaro Cárdenas tras promulgar la expropiación petrolera
El día de hoy Enrique Peña Nieto promulgará la Reforma Energética que permite la inversión privada al sector petrolero. No no hagamos tontos ahora las ganancias se irán al extranjero y solo recibiremos migajas (PEMEX aportara menos ganancias al presupuesto nacional ) es decir Petróleos Mexicanos será como un McDonalds o un Burguer King.¿Usted duda que las petroleras extranjeras no darán bonos por debajo de la mesa a los políticos para obtener los jugosos contratos?
A pesar de todas las marchas, las opiniones expresadas en redes sociales, el sistema una vez más hace lo que se le da la gana, apoco usted cree que ese bono de 15 millones por grupo parlamentario no se dio por que se aprobó la reforma a pesar de que digan que no es por eso, la mayoría de políticos es tan cínica que a pesar de agarrarlos con las manos en la masa lo niegan y si no pregúntenle a los politiquillos grabados por la Tuta.
Igual esta es una medida reversible si Cárdenas lo hizo otro lo puede volver a hacer, aunque dudo que sea pronto.
Por esos motivos es bueno recordar el discurso que dio el General Lázaro Cárdenas sobre la expropiación petrolera que es justamente lo opuesto que hizo este gobierno priista.
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viernes, 8 de agosto de 2014
jueves, 31 de julio de 2014
martes, 29 de julio de 2014
Javier Bernatas Garau
Recorrer los 75
kilómetros que separan Amman de Jerusalén puede convertirse en una
auténtica odisea. Un primer autobús cubre el trayecto desde la capital
jordana hasta la frontera del Reino Hachemita, donde otro colectivo más
pequeño toma el relevo y conduce, a través de un par de kilómetros en
la tierra de nadie, hasta la frontera con Cisjordania. Una
decena de palmeras y otras tantas Estrellas de David ondeando en pleno
desierto, a pocos kilómetros al norte del Mar Muerto, conforman el
conflictivo paso fronterizo King Hussein Bridge. Aquí, donde hace menos de un mes las Fuerzas de Seguridad israelíes mataron de un balazo a un juez palestino-jordano originario de Nablús por
intentar “apoderarse del arma de un soldado”, según un comunicado
emitido por el Ejército israelí, se respira un ambiente tenso. Tras
pasar cuatro controles de pasaporte y sus respectivos interrogatorios
–¿por qué viene a Israel?, ¿cuánto tiempo piensa quedarse?, ¿qué hacía
usted en Jordania?, ¿a dónde se dirige exactamente?, ¿piensa visitar
Cisjordania?, entre muchas otras preguntas– un tercer autobús cubre el
trayecto desde la frontera hasta la capital israelí. A medio camino, dos
soldados ordenan detener el vehículo y revisan de nuevo los pasaportes
de los pasajeros. Es uno de los muchos check-points que colman el territorio de esta tierra tan disputada.
El minucioso escrutinio de los documentos y visados no impide a los
militares mantener la mano derecha a pocos centímetros del gatillo del
fusil. Expresión seria y pocas palabras; no están para bromas. Y al fin,
75 kilómetros y ocho horas después, la Cúpula de la Roca se deja ver en
el horizonte.
A pesar de la tranquilidad que ha reinado en la Ciudad Santa durante la última década, la elevadísima presencia de fuerzas de seguridad otorga a Jerusalén una cierta atmósfera bélica.
Ningún otro rincón del mundo concentra tantos lugares sagrados en un
espacio tan limitado. Oleadas de musulmanes, judíos, cristianos
(Jerusalén es considerada Ciudad Santa para las tres religiones) y
viajeros curiosos visitan a diario la capital del Estado israelí, cuyos
numerosos arcos detectores de metales forman ya parte del paisaje
urbano. Aunque la división de los barrios responde exclusivamente a las creencias religiosas de sus habitantes,
Jerusalén es un ejemplo de convivencia pacífica. A escasos doscientos
metros del atestado mercado de frutas y verduras del barrio musulmán,
decenas de judíos –muchos de ellos ultraortodoxos– se mecen
repetidamente mientras recitan sus oraciones frente al Muro de las
Lamentaciones. A la vuelta de la esquina, cristianos llegados de todos
los rincones del mundo se santiguan frente a la entrada del Santo
Sepulcro. Mientras tanto, a lo lejos, desde lo alto del Monte de los
Olivos, decenas de turistas japoneses toman fotografías de la Cúpula
Dorada y la mezquita de Al-Aqsa –el tercer lugar sagrado para el islam,
tras La Meca y Medina– compulsivamente.
Y después de la
tormenta, llega la calma. A partir de las seis de la tarde, el frenesí
de las estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja deja paso a un sosiego
tranquilizador, balsámico. Los centenares de comercios echan el cierre,
los mochileros regresan al hostal a descansar y los peregrinos parecen
evaporarse. A las ocho, salir a cenar dentro de las antiguas murallas de
Jerusalén –Al-Quds, en árabe– se convierte en una misión prácticamente
imposible. Afuera, a quinientos metros de la Puerta de Damasco, imponente entrada de la Ciudad Vieja construida en el siglo XVI durante el Imperio otomano,
un pequeño restaurante ofrece bocadillos de falafel por un precio
razonable (15 shekels, unos 3 euros). Una decena de personas –varones–
miran, embobados, hacia la pantalla de televisión. Juega el Barça. Todos
llevan kipá. Todos, menos uno. Mohammad, de 27 años y piel oscura,
nació en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja y suele ver aquí los
partidos del Barça.
Entablamos conversación
enseguida. Quiere saber por qué hablo árabe y qué hago en Palestina. A
pesar de mi cautela y haciendo caso omiso de mis evasivas respuestas, el eterno conflicto entre Israel y Palestina monopoliza el diálogo.
Comienzan las duras acusaciones al gobierno de Netanyahu y al estado
israelí. A medida que sube el tono, nuestros dos compañeros de mesa
–jaredíes ataviados con el característico sombrero de alas anchas y
pantalón y chaqueta negros– se unen a la conversación. No llegan a la
treintena y también viven en la Ciudad Vieja. Para mi asombro, acabo
siendo testigo de una animada charla entre amigos. Los tres expresan
abiertamente sus puntos de vista, diametralmente opuestos, y entre
exclamaciones tremendamente reveladoras –“fuck Israel”; “fuck palestinians”–
bromean y comparten bocadillo. Sólo Mohammad es bilingüe, por lo que se
comunican en hebreo. Me pierdo, por tanto, gran parte de lo que dicen,
aunque no me cuesta ningún esfuerzo captar la atmósfera de la
conversación. Mohammad birla el sombrero de su interlocutor, se lo pone y
me pide una fotografía. Todos en el restaurante ríen al unísono. No doy crédito.
Por desgracia, la
llevadera convivencia que, con sus evidentes matices, predomina en
Jerusalén, brilla por su ausencia en los Territorios Ocupados. Mención
especial merece la siempre conflictiva ciudad de Hebrón (Al-Jalil, en
árabe), de la que hablé hace unas semanas y
donde los asentamientos israelíes en el interior de la ciudad
convierten el día a día de sus habitantes en poco menos que una
pesadilla.
sábado, 26 de julio de 2014
El tesoro, cuento de Alberto Chimal
En esos días vive en Frigia un muchacho. Se llama Nikias. Tiene doce años, la estatura propia de su edad, el cabello negro y rizado. Sus rasgos no son desagradables. Pero es enorme, monstruosamente gordo: pesa dos o acaso tres veces más que su padre. Es la vergüenza de sí mismo y de toda su familia.
Lo peor no es su lentitud, ni su debilidad, ni siquiera el aspecto
repulsivo de sus carnes hinchadas en medio de los cuerpos esbeltos,
elásticos de todos los otros chicos, sino el hecho de que su obesidad no
se debe a la gula ni a la pereza. No come más que sus hermanos y
participa, en la medida de lo posible, en los juegos y actividades que
se consideran apropiados en su tiempo. En el nuestro, su condición
podría describirse, acaso, como un desorden glandular. Pero en su ciudad
todos creen que es víctima de algún mago, o acaso de un capricho de los
dioses; son pocos los que lo miran sin recelo, y menos aún los que no
temen sufrir males como el suyo, o más terribles, si se acercan a él.
Así, Nikias es un muchacho solitario, hosco, que debe soportar casi
todos los días humillaciones y burlas. Pero hoy se siente un poco mejor
que de costumbre: ha pasado la mañana entera atendiendo el puesto del
mercado en el que su padre, alfarero, vende vasos y ollas. Es un honor
que rara vez se le concede.
Y, para más orgullo, ha vendido mucho. Desde hace algún tiempo, ante la
perspectiva de una nueva campaña —aún no anunciada pero ya motivo de
rumores— contra el cercano reino de Lidia, todo se ha encarecido, la
gente compra alimentos en vez de utensilios, y las tropas del rey, que
patrullan el mercado y todos los lugares populosos, ahuyentan a muchos
compradores. Pero Nikias, hoy, ha tenido clientela como si no hubiera
inquietud alguna entre la gente. En verdad, varios compradores le
hablaron con amabilidad, como si no pesaran sobre su cuerpo las
especulaciones más desagradables.
Tal vez, piensa el muchacho mientras camina de vuelta a su casa, su
padre acepte dejarlo encargado del puesto. Tal vez, incluso, le enseñe
su oficio. Así ya no tendrá que ocuparse de las tareas más exigentes que
casi siempre le son encomendadas, y que nunca hace bien (hace tiempo
que no se engaña respecto de esto). La idea lo entusiasma: una vida
sosegada y sin sobresaltos. Cuando menos, podría estar todo el día tras
los recipientes, bajo el toldo que los cubre del sol, entre la multitud…
Ahora bien, cuando llega a su casa, su padre, un hombre severo y poco
paciente, no le pregunta sobre su jornada en el mercado; no le pide
cuentas; no le dice, en verdad, una sola palabra, y en cambio lo llama
hacia sí con un gesto. Cuando lo tiene cerca, toca y aprieta las
acumulaciones de grasa su pecho, sus brazos, su abdomen, sus muslos. Y
al hacerlo sonríe.
Nikias se deja hacer, confundido, y apenas ha decidido ensayar una
pregunta cuando su padre se aparta de él y sale de la casa. En ese
momento entra su madre, desde la cocina, y tampoco dice nada pero lo
abraza y llora.
Muy impresionado, Nikias entrevé, detrás de su madre, a sus hermanos,
que permanecen juntos y lo miran. Pero las miradas no son las habituales
de burla o, cuando más, piedad. Ellos también están asustados. Sin
advertirlo, se tocan, como si buscaran apoyarse unos en otros. Sólo uno
sonríe. Casualmente, es el mayor de todos, con el que tiene un pleito
desde hace años por alguna causa tan nimia, probablemente hasta sin
relación con el cuerpo de Nikias, que ambos la han olvidado.
¿Pero qué les sucede a todos? Su madre lo confunde aún más al
explicarle, después de un suspiro muy profundo, que la situación de la
familia es mucho más precaria de lo que los padres han querido admitir, y
en verdad el oficio del padre ya no les da para comer. Nikias no puede
argüir en contra de esto porque su madre prosigue, sin pausa, hablando
de la fortaleza de su hijo, de su capacidad de soportar la carga de su
defecto (así lo llama) y del dolor de ella al ver que no era como los
demás. Pero ¿no le ha dicho siempre a Nikias que es su hijo, tan querido
como todos los otros? ¿No le ha demostrado su cariño? Nikias asiente.
Entonces, dice la madre, en este momento tan oscuro, Nikias debe
recordar ese amor. Debe usarlo para sentirse más fuerte. Para cumplir
con su deber con una sonrisa. No dice más porque rompe a llorar de
nuevo. Nikias se pregunta qué debe hacer para consolarla cuando su padre
vuelve, entra en la casa y los aparta con rudeza.
Ella da un grito inarticulado, ronco, al que el padre responde
culpándola, diciendo que Nikias se ha echado a perder por ella, por sus
constantes mimos. Que nunca le dio disciplina. Ella pregunta por lo que
él acaba de hacer.
Él responde que así va a salvar a los demás: a los que pueden llegar a
ser hombres fuertes y hermosos. Nikias, como en otras ocasiones, se
siente herido al escuchar esto.
Entonces su padre hace algo extraño: toma su mano izquierda, la levanta y
dice que no hará falta más. Que esa sola mano, blanda y pesada, pagará
sus deudas.
Nikias se pregunta si, en contra de todo lo que ha sucedido entre ellos
desde que recuerda, su padre lo aprecia. ¿Verá en él, acaso, talento
verdadero para la alfarería? Pero no puede preguntarlo en voz alta
porque, tras su padre, aparece un grupo de soldados que toman a Nikias,
lo apartan de su madre y lo sacan de la casa.
Sin hablarle, a empujones, lo hacen caminar hacia el palacio del rey,
que se alza en el centro de la ciudad. Esto asombra a Nikias pues al
palacio, que (como dicen las leyendas) está hecho de oro puro, no se
permite la entrada de ningún súbdito ordinario. Pero antes de llegar a
la gran puerta lo conducen a una barraca, erigida sin mucho arte ante el
palacio, y dejan, maniatado, en una fila que serpentea por el interior.
Cuando se han ido, Nikias piensa, como si recordara un sueño, que su
madre gritó mientras los soldados se lo llevaban, que su padre le volvió
la espalda y que sus hermanos ya no estaban allí.
Y, después de varias horas de pie, se da cuenta también que casi todos
los otros prisioneros son corpulentos, pesados. Ninguno se acerca a su
gordura, por supuesto, pero hay algunos hombres y mujeres rollizos,
varios más muy musculosos. La única excepción son algunos grupos de
niños, o de ancianos, atados juntos.
Dos mujeres, delante suyo, conversan. Parecen tristes, pero también
resignadas. Las dos son viejas. Una menciona las necesidades de la
guerra, que son siempre más grandes que en tiempos de paz. La otra
asiente y agrega que ojalá Lidia sea derrotada de una vez por todas. Las
dos concuerdan en que Frigia está cada vez más empobrecida y hacen,
luego, una invocación extraña: ruegan porque sus cabezas sean lo
bastante grandes.
Otra voz llama a Nikias, que se vuelve y ve entrar, conducido por otro
grupo de soldados, a un viejo arúspice, cliente de su padre, que jamás
lo trató con amabilidad ni consideración particular. Pero ahora el
hombre llora como un niño y se acerca a Nikias para llamarlo amigo,
compañero de infortunio.
Nikias no responde. El arúspice sorbe sus lágrimas y cambia de tema: le
dice que el oro proviene del sol, y que es polvo caído del carro de
Apolo, luz que cae en la tierra y la transforma en metal. También, que
sólo Dionisos, rival y opuesto del dios del sol, podría haber concebido
dar a un hombre poder semejante. Entonces entra en la barraca, precedido
por varios cortesanos, el rey.
Viste sus famosas ropas de oro, calza sus sandalias de suelas y correas
de oro. Todos se inclinan o son forzados a ello. Luego, mientras uno de
los nobles lee nombres de una lista, los prisioneros son sacados de la
fila y llevados ante el monarca.
Al ver lo que sucede al primer cautivo, Nikias comprende todo y siente
un horror inmenso, que sólo crece mientras espera su turno. Pero cuando
llega, y es llevado ante el rey, toma una decisión.
Y en voz alta, sin pensar, con una firmeza que hasta a él mismo
sorprende, pide que su padre no reciba nada. Que él no lo desea. Ni un
dedo siquiera. Nada, repite.
Todos los cortesanos abren la boca, ultrajados por su temeridad, pero el
propio Midas se queda mirándolo, sorprendido, por un momento.
No le responde, sin embargo, y en lugar de hacerlo, tras sólo un
instante de vacilación, toca la punta del dedo medio de la mano
izquierda del muchacho.
Nikias puede ver cómo el color, el peso, el frío del metal inanimado
devoran los dedos de su mano, luego la palma, luego la muñeca y el
brazo. Pero el dolor es más terrible que cualquier otro que haya
sentido, y, en verdad, más intenso que el que un ser humano puede
soportar. Su corazón se detiene mucho antes de convertirse en oro.
Apenas tiene tiempo de entristecerse por su destino.
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