martes, 12 de agosto de 2014

Discurso del Presidente Lázaro Cárdenas tras promulgar la expropiación petrolera

El día de hoy Enrique Peña Nieto promulgará la Reforma Energética que permite la inversión privada al sector petrolero.  No no hagamos tontos ahora las ganancias se irán al extranjero y solo recibiremos migajas (PEMEX aportara menos ganancias al presupuesto nacional ) es decir Petróleos Mexicanos será como un McDonalds o un Burguer King.
¿Usted duda que las petroleras extranjeras no darán bonos por debajo de la mesa a los políticos para obtener los jugosos contratos?
A pesar de todas las marchas, las opiniones expresadas en redes sociales, el sistema una vez más hace lo que se le da la gana, apoco usted cree que ese bono de 15 millones por grupo parlamentario no se dio por que se aprobó la reforma a pesar de que digan que no es por eso, la mayoría de políticos es tan cínica que a pesar de agarrarlos con las manos en la masa lo niegan y si no pregúntenle a los politiquillos grabados por la Tuta.
Igual esta es una medida reversible si Cárdenas lo hizo otro lo puede volver a hacer, aunque dudo que sea pronto.
Por esos motivos es bueno recordar el discurso que dio el General Lázaro Cárdenas sobre la expropiación petrolera que es justamente lo opuesto que hizo este gobierno priista.



                              
extraido de http://blogmexicano.com

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martes, 29 de julio de 2014




Javier Bernatas Garau

Recorrer los 75 kilómetros que separan Amman de Jerusalén puede convertirse en una auténtica odisea. Un primer autobús cubre el trayecto desde la capital jordana hasta la frontera del Reino Hachemita, donde otro colectivo más pequeño toma el relevo y conduce, a través de un par de kilómetros en la tierra de nadie, hasta la frontera con Cisjordania. Una decena de palmeras y otras tantas Estrellas de David ondeando en pleno desierto, a pocos kilómetros al norte del Mar Muerto, conforman el conflictivo paso fronterizo King Hussein Bridge. Aquí, donde hace menos de un mes las Fuerzas de Seguridad israelíes mataron de un balazo a un juez palestino-jordano originario de Nablús por intentar “apoderarse del arma de un soldado”, según un comunicado emitido por el Ejército israelí, se respira un ambiente tenso. Tras pasar cuatro controles de pasaporte y sus respectivos interrogatorios –¿por qué viene a Israel?, ¿cuánto tiempo piensa quedarse?, ¿qué hacía usted en Jordania?, ¿a dónde se dirige exactamente?, ¿piensa visitar Cisjordania?, entre muchas otras preguntas– un tercer autobús cubre el trayecto desde la frontera hasta la capital israelí. A medio camino, dos soldados ordenan detener el vehículo y revisan de nuevo los pasaportes de los pasajeros. Es uno de los muchos check-points que colman el territorio de esta tierra tan disputada. El minucioso escrutinio de los documentos y visados no impide a los militares mantener la mano derecha a pocos centímetros del gatillo del fusil. Expresión seria y pocas palabras; no están para bromas. Y al fin, 75 kilómetros y ocho horas después, la Cúpula de la Roca se deja ver en el horizonte.
Vista panorámica de la Ciudad Vieja de Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU
Vista panorámica de la Ciudad Vieja de Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU
A pesar de la tranquilidad que ha reinado en la Ciudad Santa durante la última década, la elevadísima presencia de fuerzas de seguridad otorga a Jerusalén una cierta atmósfera bélica. Ningún otro rincón del mundo concentra tantos lugares sagrados en un espacio tan limitado. Oleadas de musulmanes, judíos, cristianos (Jerusalén es considerada Ciudad Santa para las tres religiones) y viajeros curiosos visitan a diario la capital del Estado israelí, cuyos numerosos arcos detectores de metales forman ya parte del paisaje urbano. Aunque la división de los barrios responde exclusivamente a las creencias religiosas de sus habitantes, Jerusalén es un ejemplo de convivencia pacífica. A escasos doscientos metros del atestado mercado de frutas y verduras del barrio musulmán, decenas de judíos –muchos de ellos ultraortodoxos– se mecen repetidamente mientras recitan sus oraciones frente al Muro de las Lamentaciones. A la vuelta de la esquina, cristianos llegados de todos los rincones del mundo se santiguan frente a la entrada del Santo Sepulcro. Mientras tanto, a lo lejos, desde lo alto del Monte de los Olivos, decenas de turistas japoneses toman fotografías de la Cúpula Dorada y la mezquita de Al-Aqsa –el tercer lugar sagrado para el islam, tras La Meca y Medina– compulsivamente.
Muro de las Lamentaciones / JAVIER BERNATAS GARAU
Muro de las Lamentaciones / JAVIER BERNATAS GARAU
Y después de la tormenta, llega la calma. A partir de las seis de la tarde, el frenesí de las estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja deja paso a un sosiego tranquilizador, balsámico. Los centenares de comercios echan el cierre, los mochileros regresan al hostal a descansar y los peregrinos parecen evaporarse. A las ocho, salir a cenar dentro de las antiguas murallas de Jerusalén –Al-Quds, en árabe– se convierte en una misión prácticamente imposible. Afuera, a quinientos metros de la Puerta de Damasco, imponente entrada de la Ciudad Vieja construida en el siglo XVI durante el Imperio otomano, un pequeño restaurante ofrece bocadillos de falafel por un precio razonable (15 shekels, unos 3 euros). Una decena de personas –varones– miran, embobados, hacia la pantalla de televisión. Juega el Barça. Todos llevan kipá. Todos, menos uno. Mohammad, de 27 años y piel oscura, nació en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja y suele ver aquí los partidos del Barça.
Barrio musulmán, Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU
Barrio musulmán, Jerusalén / JAVIER BERNATAS GARAU
Entablamos conversación enseguida. Quiere saber por qué hablo árabe y qué hago en Palestina. A pesar de mi cautela y haciendo caso omiso de mis evasivas respuestas, el eterno conflicto entre Israel y Palestina monopoliza el diálogo. Comienzan las duras acusaciones al gobierno de Netanyahu y al estado israelí. A medida que sube el tono, nuestros dos compañeros de mesa –jaredíes ataviados con el característico sombrero de alas anchas y pantalón y chaqueta negros– se unen a la conversación. No llegan a la treintena y también viven en la Ciudad Vieja. Para mi asombro, acabo siendo testigo de una animada charla entre amigos. Los tres expresan abiertamente sus puntos de vista, diametralmente opuestos, y entre exclamaciones tremendamente reveladoras –“fuck Israel”; “fuck palestinians”– bromean y comparten bocadillo. Sólo Mohammad es bilingüe, por lo que se comunican en hebreo. Me pierdo, por tanto, gran parte de lo que dicen, aunque no me cuesta ningún esfuerzo captar la atmósfera de la conversación. Mohammad birla el sombrero de su interlocutor, se lo pone y me pide una fotografía. Todos en el restaurante ríen al unísono. No doy crédito.
Por desgracia, la llevadera convivencia que, con sus evidentes matices, predomina en Jerusalén, brilla por su ausencia en los Territorios Ocupados. Mención especial merece la siempre conflictiva ciudad de Hebrón (Al-Jalil, en árabe), de la que hablé hace unas semanas  y donde los asentamientos israelíes en el interior de la ciudad convierten el día a día de sus habitantes en poco menos que una pesadilla.

sábado, 26 de julio de 2014

El tesoro, cuento de Alberto Chimal

En esos días vive en Frigia un muchacho. Se llama Nikias. Tiene doce años, la estatura propia de su edad, el cabello negro y rizado. Sus rasgos no son desagradables. Pero es enorme, monstruosamente gordo: pesa dos o acaso tres veces más que su padre. Es la vergüenza de sí mismo y de toda su familia.
Lo peor no es su lentitud, ni su debilidad, ni siquiera el aspecto repulsivo de sus carnes hinchadas en medio de los cuerpos esbeltos, elásticos de todos los otros chicos, sino el hecho de que su obesidad no se debe a la gula ni a la pereza. No come más que sus hermanos y participa, en la medida de lo posible, en los juegos y actividades que se consideran apropiados en su tiempo. En el nuestro, su condición podría describirse, acaso, como un desorden glandular. Pero en su ciudad todos creen que es víctima de algún mago, o acaso de un capricho de los dioses; son pocos los que lo miran sin recelo, y menos aún los que no temen sufrir males como el suyo, o más terribles, si se acercan a él.
Así, Nikias es un muchacho solitario, hosco, que debe soportar casi todos los días humillaciones y burlas. Pero hoy se siente un poco mejor que de costumbre: ha pasado la mañana entera atendiendo el puesto del mercado en el que su padre, alfarero, vende vasos y ollas. Es un honor que rara vez se le concede.
Y, para más orgullo, ha vendido mucho. Desde hace algún tiempo, ante la perspectiva de una nueva campaña —aún no anunciada pero ya motivo de rumores— contra el cercano reino de Lidia, todo se ha encarecido, la gente compra alimentos en vez de utensilios, y las tropas del rey, que patrullan el mercado y todos los lugares populosos, ahuyentan a muchos compradores. Pero Nikias, hoy, ha tenido clientela como si no hubiera inquietud alguna entre la gente. En verdad, varios compradores le hablaron con amabilidad, como si no pesaran sobre su cuerpo las especulaciones más desagradables.
Tal vez, piensa el muchacho mientras camina de vuelta a su casa, su padre acepte dejarlo encargado del puesto. Tal vez, incluso, le enseñe su oficio. Así ya no tendrá que ocuparse de las tareas más exigentes que casi siempre le son encomendadas, y que nunca hace bien (hace tiempo que no se engaña respecto de esto). La idea lo entusiasma: una vida sosegada y sin sobresaltos. Cuando menos, podría estar todo el día tras los recipientes, bajo el toldo que los cubre del sol, entre la multitud…
Ahora bien, cuando llega a su casa, su padre, un hombre severo y poco paciente, no le pregunta sobre su jornada en el mercado; no le pide cuentas; no le dice, en verdad, una sola palabra, y en cambio lo llama hacia sí con un gesto. Cuando lo tiene cerca, toca y aprieta las acumulaciones de grasa su pecho, sus brazos, su abdomen, sus muslos. Y al hacerlo sonríe.
Nikias se deja hacer, confundido, y apenas ha decidido ensayar una pregunta cuando su padre se aparta de él y sale de la casa. En ese momento entra su madre, desde la cocina, y tampoco dice nada pero lo abraza y llora.
Muy impresionado, Nikias entrevé, detrás de su madre, a sus hermanos, que permanecen juntos y lo miran. Pero las miradas no son las habituales de burla o, cuando más, piedad. Ellos también están asustados. Sin advertirlo, se tocan, como si buscaran apoyarse unos en otros. Sólo uno sonríe. Casualmente, es el mayor de todos, con el que tiene un pleito desde hace años por alguna causa tan nimia, probablemente hasta sin relación con el cuerpo de Nikias, que ambos la han olvidado.
¿Pero qué les sucede a todos? Su madre lo confunde aún más al explicarle, después de un suspiro muy profundo, que la situación de la familia es mucho más precaria de lo que los padres han querido admitir, y en verdad el oficio del padre ya no les da para comer. Nikias no puede argüir en contra de esto porque su madre prosigue, sin pausa, hablando de la fortaleza de su hijo, de su capacidad de soportar la carga de su defecto (así lo llama) y del dolor de ella al ver que no era como los demás. Pero ¿no le ha dicho siempre a Nikias que es su hijo, tan querido como todos los otros? ¿No le ha demostrado su cariño? Nikias asiente. Entonces, dice la madre, en este momento tan oscuro, Nikias debe recordar ese amor. Debe usarlo para sentirse más fuerte. Para cumplir con su deber con una sonrisa. No dice más porque rompe a llorar de nuevo. Nikias se pregunta qué debe hacer para consolarla cuando su padre vuelve, entra en la casa y los aparta con rudeza.
Ella da un grito inarticulado, ronco, al que el padre responde culpándola, diciendo que Nikias se ha echado a perder por ella, por sus constantes mimos. Que nunca le dio disciplina. Ella pregunta por lo que él acaba de hacer.
Él responde que así va a salvar a los demás: a los que pueden llegar a ser hombres fuertes y hermosos. Nikias, como en otras ocasiones, se siente herido al escuchar esto.
Entonces su padre hace algo extraño: toma su mano izquierda, la levanta y dice que no hará falta más. Que esa sola mano, blanda y pesada, pagará sus deudas.
Nikias se pregunta si, en contra de todo lo que ha sucedido entre ellos desde que recuerda, su padre lo aprecia. ¿Verá en él, acaso, talento verdadero para la alfarería? Pero no puede preguntarlo en voz alta porque, tras su padre, aparece un grupo de soldados que toman a Nikias, lo apartan de su madre y lo sacan de la casa.
Sin hablarle, a empujones, lo hacen caminar hacia el palacio del rey, que se alza en el centro de la ciudad. Esto asombra a Nikias pues al palacio, que (como dicen las leyendas) está hecho de oro puro, no se permite la entrada de ningún súbdito ordinario. Pero antes de llegar a la gran puerta lo conducen a una barraca, erigida sin mucho arte ante el palacio, y dejan, maniatado, en una fila que serpentea por el interior.
Cuando se han ido, Nikias piensa, como si recordara un sueño, que su madre gritó mientras los soldados se lo llevaban, que su padre le volvió la espalda y que sus hermanos ya no estaban allí.
Y, después de varias horas de pie, se da cuenta también que casi todos los otros prisioneros son corpulentos, pesados. Ninguno se acerca a su gordura, por supuesto, pero hay algunos hombres y mujeres rollizos, varios más muy musculosos. La única excepción son algunos grupos de niños, o de ancianos, atados juntos.
Dos mujeres, delante suyo, conversan. Parecen tristes, pero también resignadas. Las dos son viejas. Una menciona las necesidades de la guerra, que son siempre más grandes que en tiempos de paz. La otra asiente y agrega que ojalá Lidia sea derrotada de una vez por todas. Las dos concuerdan en que Frigia está cada vez más empobrecida y hacen, luego, una invocación extraña: ruegan porque sus cabezas sean lo bastante grandes.
Otra voz llama a Nikias, que se vuelve y ve entrar, conducido por otro grupo de soldados, a un viejo arúspice, cliente de su padre, que jamás lo trató con amabilidad ni consideración particular. Pero ahora el hombre llora como un niño y se acerca a Nikias para llamarlo amigo, compañero de infortunio.
Nikias no responde. El arúspice sorbe sus lágrimas y cambia de tema: le dice que el oro proviene del sol, y que es polvo caído del carro de Apolo, luz que cae en la tierra y la transforma en metal. También, que sólo Dionisos, rival y opuesto del dios del sol, podría haber concebido dar a un hombre poder semejante. Entonces entra en la barraca, precedido por varios cortesanos, el rey.
Viste sus famosas ropas de oro, calza sus sandalias de suelas y correas de oro. Todos se inclinan o son forzados a ello. Luego, mientras uno de los nobles lee nombres de una lista, los prisioneros son sacados de la fila y llevados ante el monarca.
Al ver lo que sucede al primer cautivo, Nikias comprende todo y siente un horror inmenso, que sólo crece mientras espera su turno. Pero cuando llega, y es llevado ante el rey, toma una decisión.
Y en voz alta, sin pensar, con una firmeza que hasta a él mismo sorprende, pide que su padre no reciba nada. Que él no lo desea. Ni un dedo siquiera. Nada, repite.
Todos los cortesanos abren la boca, ultrajados por su temeridad, pero el propio Midas se queda mirándolo, sorprendido, por un momento.
No le responde, sin embargo, y en lugar de hacerlo, tras sólo un instante de vacilación, toca la punta del dedo medio de la mano izquierda del muchacho.
Nikias puede ver cómo el color, el peso, el frío del metal inanimado devoran los dedos de su mano, luego la palma, luego la muñeca y el brazo. Pero el dolor es más terrible que cualquier otro que haya sentido, y, en verdad, más intenso que el que un ser humano puede soportar. Su corazón se detiene mucho antes de convertirse en oro. Apenas tiene tiempo de entristecerse por su destino.