viernes, 8 de agosto de 2014
jueves, 31 de julio de 2014
martes, 29 de julio de 2014
Javier Bernatas Garau
Recorrer los 75
kilómetros que separan Amman de Jerusalén puede convertirse en una
auténtica odisea. Un primer autobús cubre el trayecto desde la capital
jordana hasta la frontera del Reino Hachemita, donde otro colectivo más
pequeño toma el relevo y conduce, a través de un par de kilómetros en
la tierra de nadie, hasta la frontera con Cisjordania. Una
decena de palmeras y otras tantas Estrellas de David ondeando en pleno
desierto, a pocos kilómetros al norte del Mar Muerto, conforman el
conflictivo paso fronterizo King Hussein Bridge. Aquí, donde hace menos de un mes las Fuerzas de Seguridad israelíes mataron de un balazo a un juez palestino-jordano originario de Nablús por
intentar “apoderarse del arma de un soldado”, según un comunicado
emitido por el Ejército israelí, se respira un ambiente tenso. Tras
pasar cuatro controles de pasaporte y sus respectivos interrogatorios
–¿por qué viene a Israel?, ¿cuánto tiempo piensa quedarse?, ¿qué hacía
usted en Jordania?, ¿a dónde se dirige exactamente?, ¿piensa visitar
Cisjordania?, entre muchas otras preguntas– un tercer autobús cubre el
trayecto desde la frontera hasta la capital israelí. A medio camino, dos
soldados ordenan detener el vehículo y revisan de nuevo los pasaportes
de los pasajeros. Es uno de los muchos check-points que colman el territorio de esta tierra tan disputada.
El minucioso escrutinio de los documentos y visados no impide a los
militares mantener la mano derecha a pocos centímetros del gatillo del
fusil. Expresión seria y pocas palabras; no están para bromas. Y al fin,
75 kilómetros y ocho horas después, la Cúpula de la Roca se deja ver en
el horizonte.
A pesar de la tranquilidad que ha reinado en la Ciudad Santa durante la última década, la elevadísima presencia de fuerzas de seguridad otorga a Jerusalén una cierta atmósfera bélica.
Ningún otro rincón del mundo concentra tantos lugares sagrados en un
espacio tan limitado. Oleadas de musulmanes, judíos, cristianos
(Jerusalén es considerada Ciudad Santa para las tres religiones) y
viajeros curiosos visitan a diario la capital del Estado israelí, cuyos
numerosos arcos detectores de metales forman ya parte del paisaje
urbano. Aunque la división de los barrios responde exclusivamente a las creencias religiosas de sus habitantes,
Jerusalén es un ejemplo de convivencia pacífica. A escasos doscientos
metros del atestado mercado de frutas y verduras del barrio musulmán,
decenas de judíos –muchos de ellos ultraortodoxos– se mecen
repetidamente mientras recitan sus oraciones frente al Muro de las
Lamentaciones. A la vuelta de la esquina, cristianos llegados de todos
los rincones del mundo se santiguan frente a la entrada del Santo
Sepulcro. Mientras tanto, a lo lejos, desde lo alto del Monte de los
Olivos, decenas de turistas japoneses toman fotografías de la Cúpula
Dorada y la mezquita de Al-Aqsa –el tercer lugar sagrado para el islam,
tras La Meca y Medina– compulsivamente.
Y después de la
tormenta, llega la calma. A partir de las seis de la tarde, el frenesí
de las estrechas callejuelas de la Ciudad Vieja deja paso a un sosiego
tranquilizador, balsámico. Los centenares de comercios echan el cierre,
los mochileros regresan al hostal a descansar y los peregrinos parecen
evaporarse. A las ocho, salir a cenar dentro de las antiguas murallas de
Jerusalén –Al-Quds, en árabe– se convierte en una misión prácticamente
imposible. Afuera, a quinientos metros de la Puerta de Damasco, imponente entrada de la Ciudad Vieja construida en el siglo XVI durante el Imperio otomano,
un pequeño restaurante ofrece bocadillos de falafel por un precio
razonable (15 shekels, unos 3 euros). Una decena de personas –varones–
miran, embobados, hacia la pantalla de televisión. Juega el Barça. Todos
llevan kipá. Todos, menos uno. Mohammad, de 27 años y piel oscura,
nació en el barrio musulmán de la Ciudad Vieja y suele ver aquí los
partidos del Barça.
Entablamos conversación
enseguida. Quiere saber por qué hablo árabe y qué hago en Palestina. A
pesar de mi cautela y haciendo caso omiso de mis evasivas respuestas, el eterno conflicto entre Israel y Palestina monopoliza el diálogo.
Comienzan las duras acusaciones al gobierno de Netanyahu y al estado
israelí. A medida que sube el tono, nuestros dos compañeros de mesa
–jaredíes ataviados con el característico sombrero de alas anchas y
pantalón y chaqueta negros– se unen a la conversación. No llegan a la
treintena y también viven en la Ciudad Vieja. Para mi asombro, acabo
siendo testigo de una animada charla entre amigos. Los tres expresan
abiertamente sus puntos de vista, diametralmente opuestos, y entre
exclamaciones tremendamente reveladoras –“fuck Israel”; “fuck palestinians”–
bromean y comparten bocadillo. Sólo Mohammad es bilingüe, por lo que se
comunican en hebreo. Me pierdo, por tanto, gran parte de lo que dicen,
aunque no me cuesta ningún esfuerzo captar la atmósfera de la
conversación. Mohammad birla el sombrero de su interlocutor, se lo pone y
me pide una fotografía. Todos en el restaurante ríen al unísono. No doy crédito.
Por desgracia, la
llevadera convivencia que, con sus evidentes matices, predomina en
Jerusalén, brilla por su ausencia en los Territorios Ocupados. Mención
especial merece la siempre conflictiva ciudad de Hebrón (Al-Jalil, en
árabe), de la que hablé hace unas semanas y
donde los asentamientos israelíes en el interior de la ciudad
convierten el día a día de sus habitantes en poco menos que una
pesadilla.
sábado, 26 de julio de 2014
El tesoro, cuento de Alberto Chimal
En esos días vive en Frigia un muchacho. Se llama Nikias. Tiene doce años, la estatura propia de su edad, el cabello negro y rizado. Sus rasgos no son desagradables. Pero es enorme, monstruosamente gordo: pesa dos o acaso tres veces más que su padre. Es la vergüenza de sí mismo y de toda su familia.
Lo peor no es su lentitud, ni su debilidad, ni siquiera el aspecto
repulsivo de sus carnes hinchadas en medio de los cuerpos esbeltos,
elásticos de todos los otros chicos, sino el hecho de que su obesidad no
se debe a la gula ni a la pereza. No come más que sus hermanos y
participa, en la medida de lo posible, en los juegos y actividades que
se consideran apropiados en su tiempo. En el nuestro, su condición
podría describirse, acaso, como un desorden glandular. Pero en su ciudad
todos creen que es víctima de algún mago, o acaso de un capricho de los
dioses; son pocos los que lo miran sin recelo, y menos aún los que no
temen sufrir males como el suyo, o más terribles, si se acercan a él.
Así, Nikias es un muchacho solitario, hosco, que debe soportar casi
todos los días humillaciones y burlas. Pero hoy se siente un poco mejor
que de costumbre: ha pasado la mañana entera atendiendo el puesto del
mercado en el que su padre, alfarero, vende vasos y ollas. Es un honor
que rara vez se le concede.
Y, para más orgullo, ha vendido mucho. Desde hace algún tiempo, ante la
perspectiva de una nueva campaña —aún no anunciada pero ya motivo de
rumores— contra el cercano reino de Lidia, todo se ha encarecido, la
gente compra alimentos en vez de utensilios, y las tropas del rey, que
patrullan el mercado y todos los lugares populosos, ahuyentan a muchos
compradores. Pero Nikias, hoy, ha tenido clientela como si no hubiera
inquietud alguna entre la gente. En verdad, varios compradores le
hablaron con amabilidad, como si no pesaran sobre su cuerpo las
especulaciones más desagradables.
Tal vez, piensa el muchacho mientras camina de vuelta a su casa, su
padre acepte dejarlo encargado del puesto. Tal vez, incluso, le enseñe
su oficio. Así ya no tendrá que ocuparse de las tareas más exigentes que
casi siempre le son encomendadas, y que nunca hace bien (hace tiempo
que no se engaña respecto de esto). La idea lo entusiasma: una vida
sosegada y sin sobresaltos. Cuando menos, podría estar todo el día tras
los recipientes, bajo el toldo que los cubre del sol, entre la multitud…
Ahora bien, cuando llega a su casa, su padre, un hombre severo y poco
paciente, no le pregunta sobre su jornada en el mercado; no le pide
cuentas; no le dice, en verdad, una sola palabra, y en cambio lo llama
hacia sí con un gesto. Cuando lo tiene cerca, toca y aprieta las
acumulaciones de grasa su pecho, sus brazos, su abdomen, sus muslos. Y
al hacerlo sonríe.
Nikias se deja hacer, confundido, y apenas ha decidido ensayar una
pregunta cuando su padre se aparta de él y sale de la casa. En ese
momento entra su madre, desde la cocina, y tampoco dice nada pero lo
abraza y llora.
Muy impresionado, Nikias entrevé, detrás de su madre, a sus hermanos,
que permanecen juntos y lo miran. Pero las miradas no son las habituales
de burla o, cuando más, piedad. Ellos también están asustados. Sin
advertirlo, se tocan, como si buscaran apoyarse unos en otros. Sólo uno
sonríe. Casualmente, es el mayor de todos, con el que tiene un pleito
desde hace años por alguna causa tan nimia, probablemente hasta sin
relación con el cuerpo de Nikias, que ambos la han olvidado.
¿Pero qué les sucede a todos? Su madre lo confunde aún más al
explicarle, después de un suspiro muy profundo, que la situación de la
familia es mucho más precaria de lo que los padres han querido admitir, y
en verdad el oficio del padre ya no les da para comer. Nikias no puede
argüir en contra de esto porque su madre prosigue, sin pausa, hablando
de la fortaleza de su hijo, de su capacidad de soportar la carga de su
defecto (así lo llama) y del dolor de ella al ver que no era como los
demás. Pero ¿no le ha dicho siempre a Nikias que es su hijo, tan querido
como todos los otros? ¿No le ha demostrado su cariño? Nikias asiente.
Entonces, dice la madre, en este momento tan oscuro, Nikias debe
recordar ese amor. Debe usarlo para sentirse más fuerte. Para cumplir
con su deber con una sonrisa. No dice más porque rompe a llorar de
nuevo. Nikias se pregunta qué debe hacer para consolarla cuando su padre
vuelve, entra en la casa y los aparta con rudeza.
Ella da un grito inarticulado, ronco, al que el padre responde
culpándola, diciendo que Nikias se ha echado a perder por ella, por sus
constantes mimos. Que nunca le dio disciplina. Ella pregunta por lo que
él acaba de hacer.
Él responde que así va a salvar a los demás: a los que pueden llegar a
ser hombres fuertes y hermosos. Nikias, como en otras ocasiones, se
siente herido al escuchar esto.
Entonces su padre hace algo extraño: toma su mano izquierda, la levanta y
dice que no hará falta más. Que esa sola mano, blanda y pesada, pagará
sus deudas.
Nikias se pregunta si, en contra de todo lo que ha sucedido entre ellos
desde que recuerda, su padre lo aprecia. ¿Verá en él, acaso, talento
verdadero para la alfarería? Pero no puede preguntarlo en voz alta
porque, tras su padre, aparece un grupo de soldados que toman a Nikias,
lo apartan de su madre y lo sacan de la casa.
Sin hablarle, a empujones, lo hacen caminar hacia el palacio del rey,
que se alza en el centro de la ciudad. Esto asombra a Nikias pues al
palacio, que (como dicen las leyendas) está hecho de oro puro, no se
permite la entrada de ningún súbdito ordinario. Pero antes de llegar a
la gran puerta lo conducen a una barraca, erigida sin mucho arte ante el
palacio, y dejan, maniatado, en una fila que serpentea por el interior.
Cuando se han ido, Nikias piensa, como si recordara un sueño, que su
madre gritó mientras los soldados se lo llevaban, que su padre le volvió
la espalda y que sus hermanos ya no estaban allí.
Y, después de varias horas de pie, se da cuenta también que casi todos
los otros prisioneros son corpulentos, pesados. Ninguno se acerca a su
gordura, por supuesto, pero hay algunos hombres y mujeres rollizos,
varios más muy musculosos. La única excepción son algunos grupos de
niños, o de ancianos, atados juntos.
Dos mujeres, delante suyo, conversan. Parecen tristes, pero también
resignadas. Las dos son viejas. Una menciona las necesidades de la
guerra, que son siempre más grandes que en tiempos de paz. La otra
asiente y agrega que ojalá Lidia sea derrotada de una vez por todas. Las
dos concuerdan en que Frigia está cada vez más empobrecida y hacen,
luego, una invocación extraña: ruegan porque sus cabezas sean lo
bastante grandes.
Otra voz llama a Nikias, que se vuelve y ve entrar, conducido por otro
grupo de soldados, a un viejo arúspice, cliente de su padre, que jamás
lo trató con amabilidad ni consideración particular. Pero ahora el
hombre llora como un niño y se acerca a Nikias para llamarlo amigo,
compañero de infortunio.
Nikias no responde. El arúspice sorbe sus lágrimas y cambia de tema: le
dice que el oro proviene del sol, y que es polvo caído del carro de
Apolo, luz que cae en la tierra y la transforma en metal. También, que
sólo Dionisos, rival y opuesto del dios del sol, podría haber concebido
dar a un hombre poder semejante. Entonces entra en la barraca, precedido
por varios cortesanos, el rey.
Viste sus famosas ropas de oro, calza sus sandalias de suelas y correas
de oro. Todos se inclinan o son forzados a ello. Luego, mientras uno de
los nobles lee nombres de una lista, los prisioneros son sacados de la
fila y llevados ante el monarca.
Al ver lo que sucede al primer cautivo, Nikias comprende todo y siente
un horror inmenso, que sólo crece mientras espera su turno. Pero cuando
llega, y es llevado ante el rey, toma una decisión.
Y en voz alta, sin pensar, con una firmeza que hasta a él mismo
sorprende, pide que su padre no reciba nada. Que él no lo desea. Ni un
dedo siquiera. Nada, repite.
Todos los cortesanos abren la boca, ultrajados por su temeridad, pero el
propio Midas se queda mirándolo, sorprendido, por un momento.
No le responde, sin embargo, y en lugar de hacerlo, tras sólo un
instante de vacilación, toca la punta del dedo medio de la mano
izquierda del muchacho.
Nikias puede ver cómo el color, el peso, el frío del metal inanimado
devoran los dedos de su mano, luego la palma, luego la muñeca y el
brazo. Pero el dolor es más terrible que cualquier otro que haya
sentido, y, en verdad, más intenso que el que un ser humano puede
soportar. Su corazón se detiene mucho antes de convertirse en oro.
Apenas tiene tiempo de entristecerse por su destino.
Nacido de hombre y mujer, cuento de Richard Mathesson
Hoy cuando apareció la luz mamá me llamó monstruo. Eres un monstruo me dijo. Vi en los ojos de mamá que estaba enojada. ¿Qué quiere decir monstruo?
Hoy cayó agua de arriba. Cayó por todas partes. Yo la vi. Vi la tierra
por la ventanita. La tierra se chupó el agua como una boca que tiene
sed. Bebió demasiado y se enfermó y se puso oscura. No me gustó.
Mamá es bonita yo sé. Donde yo duermo con todas las paredes frías
alrededor tengo un papel detrás de la estufa. Ahí dice “Estrellas de
cine”. En las figuras veo caras como las de mamá y papá. Papá dice que
son bonitas. Una vez lo dijo. Y también mamá dijo. Mamá tan bonita y
yo bastante bien. Mírate dijo papá y no tenía una cara buena. Le toqué
el brazo y dije está bien papá. Papá se sacudió y se fue donde yo no
podía alcanzarlo.
Hoy mamá me sacó la cadena un rato así que pude mirar por la
ventanita. Vi el agua que caía de arriba. Hoy está amarillo arriba. Sé
que lo miro y los ojos duelen. Después de mirar el sótano es rojo. Me
parece que eso es la iglesia. Se van de arriba. La máquina grande los
traga y camina y ya no está. En la parte de atrás está la mamita. Es
mucho más chica que yo. Yo soy grande. Es un secreto pero saqué la
cadena de la pared. Puedo ver por la ventanita todo lo que quiero.
Hoy cuando estuvo oscuro me comí la comida y unos bichos. Oí risas
arriba. Me gusta saber por qué hay risas. Saqué la cadena de la pared y
me la envolví en el cuerpo. Fui despacio a las escaleras. Gritan
cuando yo las piso. Las piernas me resbalan porque por las escaleras no
camino. Los pies se me pegan a la madera. Subí y abrí una puerta. Era
un lugar blanco. Blanco como la luz blanca que viene de arriba a veces.
Entré y me quedé quieto. Oí otra vez risas. Caminé hasta el sonido y
abrí un poco una puerta y miré la gente. Era mucha gente. Pensé reír
con ellos.
Mamá
vino y empujó la puerta. Me golpeó y dolió. Caí para atrás en el piso
liso y la cadena hizo ruido. Lloré. Mamá silbó dentro de ella y se puso
la mano en la boca. Tenía los ojos grandes. Me miró. Oí que papá
llamaba. Qué cayó dijo. Mamá dijo la tabla de planchar. Ven a ayudarme
dijo. Papá vino y dijo bueno es tan pesada qué necesitas. Me vio y se
puso grande. Los ojos de papá se enojaron. Me golpeó. El líquido me
salió de un brazo. El piso quedó verde y feo.
Papá me dijo que fuera al sótano. Tuve que ir. La luz me dolía ahora en
los ojos. No era como en el sótano abajo. Papá me ató los brazos y las
piernas. Me puso en la cama. Arriba oí risas mientras yo estaba quieto
y miraba una araña negra que bajaba a donde estaba yo. Pensé lo que
dijo papá. Ohdios dijo. ¡Y no tiene más que ocho!
Hoy papá puso otra vez la cadena en la pared antes de aparecer la luz.
Tengo que sacarla otra vez. Papá dijo que yo era malo si iba arriba.
Me dijo que no lo haga otra vez o me pegará fuerte. Eso duele. Me
duele. Dormí de día y puse la cabeza en la pared. Pensé en el lugar
blanco de arriba. Saqué la cadena de la pared. Mamá estaba arriba.
Escuché risitas muy altas. Miré por la ventanita. Vi toda gente
chiquita como mamita y también papitos. Son hermosos. Estaban haciendo
bonitos ruidos y saltaban por la tierra. Movían mucho las piernas. Son
como mamá y papá. Mamá dice que toda la gente normal es así.
Uno de los papás pequeños me vio. Señaló la ventana. Yo me fui
resbalando por la pared hasta abajo en lo oscuro. Me apreté para que no
me vieran. Oí las voces junto a la ventana y pies que corrían. Arriba
una puerta hizo ruido. Oí a la mamita que llamaba arriba. Oí pies
pesados y corrí al lugar de la cama. Puse la cadena en la pared y me
acosté mirando para abajo. Oí a mamá que venía. Estuviste en la ventana
me dijo. Escuché que estaba enojada. No te acerques a la ventana me
dijo. Sacaste otra vez la cadena. Mamá tomó el palo y me golpeó. No
lloré. No puedo hacer eso. Pero mi líquido corrió por toda la cama.
Mamá lo vio y se fue para atrás haciendo un ruido. Oh diosmíodiosmío
dijo por qué me hiciste esto. Oí que el palo caía en el piso. Mamá
corrió y subió. Dormí de día.
Hoy
había agua otra vez. Cuando mamá estaba arriba oí a la mamita que
bajaba los escalones. Me escondí en la carbonera porque mamá se enoja si
la mamita me ve. Mamita tenía una cosa pequeña viva. Caminaba en los
brazos de ella y tenía las orejas en punta. La mamita le hablaba. Todo
estaba bien pero la cosa viva me olió. Corrió a la carbonera y me miró
con el pelo todo duro. Hacía un ruido enojado en la garganta. Yo silbé
pero la cosa saltó sobre mí. Yo no quería lastimarla. Tuve miedo porque
me mordió más fuerte que la rata. Yo la agarré y la mamita gritó.
Apreté fuerte la cosa viva. Hacía ruidos que yo nunca había oído. La
apreté más. Estaba toda aplastada y roja sobre el carbón negro. Me
escondí ahí cuando mamá llamó. Yo tenía miedo del palo. Mamá se fue.
Subí por el carbón con la cosa. La escondí debajo de la almohada y me
acosté encima. Puse la cadena en la pared otra vez.
Hoy
es otro día. Papá puso la cadena apretada. Me duele porque me golpeó.
Esta vez le saqué el palo de la mano y después hice ruido. Papá se fue y
tenía la cara blanca. Salió corriendo de mi lugar y cerró la puerta
con llave. No estoy tan contento. Todo el día hace frío aquí. La cadena
tarda mucho en salir de la pared. Y estoy muy enojado con mamá y papá.
Les mostraré. Haré lo mismo que otro día. Primero gritaré y me reiré
fuerte. Correré por las paredes. Después me colgaré cabeza para abajo
de todas mis piernas y me reiré y echaré verde por todas partes hasta
que ellos estén tristes porque no fueron buenos conmigo.
jueves, 24 de julio de 2014
Hace
un par de años, navegando por la efervescente prensa digital, vi
aparecer una noticia que por un motivo u otro no me sorprendió lo más
absoluto. Dentro del artículo aparecían fotos donde grupos de soldados
israelíes posaban, esbozando una sonrisa, junto a palestinos muertos,
como si de una bonita estampa de caza se tratase. Otras fotos eran tanto
o más perturbadoras, donde si bien el palestino no estaba muerto, sí
que estaba vejado o en plena tortura, recordando a las fotos que no hace
muchos años aparecieron en Irak, donde soldados estadounidenses se
mofaban de las torturas que realizaban a los iraquíes. Pero ¿Cómo ha
llegado el pueblo más maltratado de la Historia a convertirse en uno de
los mayores adalides de la intolerancia y la violencia desmedida? Para
observar el cambio radical que ha sufrido el pueblo de Israel vamos a
intentar esbozar unas pinceladas en la historia del antisemitismo, que
al contrario de lo que piensa mucha gente, viene de mucho antes de la II
Guerra Mundial y de Auschwitz.
El señalamiento o maltrato al pueblo judío viene de la mano de la aparición del cristianismo, de lo que se conoce como el deicidio,
o la culpa judía por la muerte de Jesús en la cruz. Desde que se
establece el cristianismo oficialmente en el Imperio Romano, los judíos
son vistos como apestados y donde se realizan matanzas de ellos cada
pocos años. La cosa no mejora para ellos en la Edad Media,
donde son estigmatizados con leyendas urbanas de todas las clases como,
por ejemplo, la leyenda que hablaba sobre judíos que utilizaban sangre
de niños cristianos para realizar la Pascua. Pero el punto álgido del
antisemitismo viene durante el siglo XV. Literalmente se les echa la
culpa de la aparición de la Peste Negra.
Peste que, supuestamente, han provocado los judíos envenenando pozos
con extraños brebajes y malas artes. Los muertos judíos se cuentan por
millares durante la Edad Media y en los albores de la Edad Moderna. La
cosa parece calmarse durante los años venideros.
Con
la aparición de los grandes imperios modernos y los nacionalismos de
mediados del siglo XIX, los judíos vuelven a ser perseguidos por toda
Europa. Se les acusa de usureros y de causar todos los problemas
económicos de las grandes potencias. Aparece entonces el movimiento sionista,
un movimiento que tiene como objetivos claros la unidad política y
religiosa del pueblo judío en torno al territorio de Israel, un
territorio que hacía muchos siglos había dejado de ser ocupado por los
descendientes de Abraham y donde, exceptuando pequeñas comunidades
pesqueras judías, la inmensa mayoría de habitantes eran de origen árabe.
Asimismo, el movimiento sionista tiene como premisa atacar a todo
movimiento antisemita que se les ponga por delante, una especie de yihad
bélica a la sionista. Los judíos habían despertado después de muchos
siglos de disgregación como un proyecto de unidad cultural y estatal que
buscaba, con la ayuda del poderoso caballero Don Dinero, la creación de
un país que después de la I Guerra Mundial
comenzó a confeccionarse de la mano de Gran Bretaña. Oleadas de judíos
llegaban a Israel y las tensiones con los árabes autóctonos no se
hicieron esperar. Todos sabemos lo que sucedió durante el nazismo y el fascismo italiano
con los judíos. No hace falta hacer un recuento de muertos para saber
la barbarie sistematizada que se cometió, la más atroz en la Historia
del hombre.
Etiquetas
negativas se establecieron sobre un pueblo siempre marginado, siempre
odiado, siempre repudiado por temor, ignorancia o envidia. Pero a mi
entender, no han aprendido nada a lo largo de su milenaria historia.
Después de la II Guerra Mundial por fin se establece un estado propio para los judíos, Israel.
Los sionistas habían cumplido su objetivo y, ahora que poseían una
unidad política y grandes influencias (económicas) en las grandes
potencias mundiales, parecía que había llegado la hora de gestar el gran
proyecto judío que esperaban desde que Moisés partiera de Egipto.
Con
toda la maquinaria militar y propagandística y con el beneplácito de
Estados Unidos e Inglaterra, la primera excusa fue buena para comenzar
una guerra con los palestinos que dura hasta día de hoy. Un conflicto
que se ha cobrado decenas de miles de muertos. Pero la guerra no es lo
que importa, sino el modo en que se hace. Destruyen el modo de vida
palestino, lo reducen a cenizas, los meten en guetos. ¿Acaso no hacía lo
mismo Hitler con ellos? ¿No es esto un holocausto? Evidentemente no es
lo mismo en cuanto a cifras, pero el desarrollo es exactamente el mismo:
el pueblo con poder político oprime al de en frente, le estigmatiza, le
llama terrorista. Le expulsa de su tierra igual que ellos fueron
expulsados de numerosos países europeos. Le quita su esencia cultural y
reduce su condición moral a cenizas. Consigue que niños y no tan niños
sean presas fáciles para el fanatismo islámico más radical. A Israel no
le conviene que Hamás y demás organizaciones semejantes desaparezcan, la
excusa para seguir oprimiendo y ganando terreno se les iría a pique y
toda la industria propagandística de suavización del conflicto por parte
de Estados Unidos no tendría una base sólida en la que apoyarse.
¿Realmente tienen tan poca memoria histórica?
Es
casi inhumano que un pueblo tan maltratado pueda hacerle lo mismo a
otro ante la pasividad mundial. ¿No son acaso igual o más radicales los
sionistas que los fanáticos islamistas palestinos? En una zona como
Israel, cuna de las tres grandes religiones monoteístas, debería
apostarse más por un Estado plural y tolerante, un Estado donde el
pueblo judío se quite las etiquetas que la humanidad injustamente les
puso. Etiquetas de las que parecen no querer desprenderse, haciendo que
desde hace unos años hacia la actualidad, el antisemitismo haya vuelto a
la palestra con un inusitado radicalismo. Durante la penúltima Guerra del Líbano,
se veían por los pueblos de la franja de Gaza banderas de Israel con
una esvástica en su interior en lugar de la estrella de David, que ahora
es más Goliat que nunca. La Humanidad avanza, pero no olvida de dónde
viene. Israel ha perdido el rumbo, ha convertido la venganza en su medio
de vida, el ataque preventivo lo ha transformado en defensa propia y en
su seno cultural parecen haber olvidado que hace menos de cien años
murieron 6 millones de judíos a manos de la dictadura más radicalmente
monstruosa de la Historia. En la memoria popular de Israel hay lagunas
históricas que alguien debería solventar antes de que todo estalle por
los aires.
Raúl Díaz Guerrero
miércoles, 21 de mayo de 2014
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